martes, 6 de septiembre de 2011

Como la vaca más pesada en los brazos más débiles.

Hace ya un tiempo, hicieron una encuesta a cien inter-nautas con el fin de saber que tres fotografías consideraban las mejores de la historia. La primera fotografía escogida fue una inreíble instantánea de la bomba atómica lanzada sobre Nagasaki. La segunda fotografía inmortalizaba la primera vez que el hombre pisaba la luna. Pero la tercera fue, con diferencia, la que más me gustó.


Mostraba dos enamorados besándose, mientras el mundo gira a su alrededor como si no hubiera mañana, llenos de felicidad, con esa cara de amor, prácticamente fundidos. Me gusta saber que entre las tres fotos más importantes de la historia están dos enamorados, congelados en un beso interminable, refugiados contra el olvido, resguardados de la soledad, solamente ellos dos, ella y él. Quizás es eso lo que sentimos cuando vemos fotografías antiguas, que por ellas no pasa el tiempo, que siempre estarán ahí, congeladas y que jamás cambiarán, como esos mosquitos atrapados en ámbar durante millones de años. El mundo sigue adelante, pero ellos se quedan ahí atrapados para siempre sin cambiar, como las fotos guardadas en una caja de zapatos.
-Nada es para siempre, y siempre es demasiado tiempo

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